El muerto de El Milagro. Oswaldo Cortez.

Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo,
descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver… Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos…

Memorias de Adriano-Marguerite Yourcenar

I
Un mito, algún cuento de camino, una historia mal contada, una vieja superstición, entre choferes y pasajeros de la línea de carritos por puestos de El Milagro: que si pasadas las 12 de la noche, por el pie del Cerro Mara, algún pasajero por esas soledades había, déjalo quieto, esperando, que esa es alma en pena, más burlona que espantosa. Pobre aquel que, contando con la pingüita de pasaje para medio acomodar el diario, necesite subir no importa a quién o qué, que la necesidad no come de mitos, de cuentos, de historias, y mucho menos, de supersticiones. Que allá viene un carrito, y que acá está un pasajero, el último de la noche, y, qué más da que esté al pie del Cerro Mara.
Parece hombre y no sombra, ríe y habla, es extraño, no quiso sentarse delante.
Y ya llega el carrito. Me deja por donde pueda. Cuánto le debo, señor, dice el pasajero con una voz lejana, no de este mundo. No hay pasajero, el chofer estrella la máquina contra el bloque -es aquel mural que dividía el malecón, por la parte del viejo muelle, el desembarque de los turcos.

II
Un pasajero.

―¿Sabe qué pasó? –un camillero pregunta al pasajero en la sala de emergencias del Hospital Universitario.
―No sé señor ―responde-, Yo iba en un carrito por puesto, y cuando llegaba a la parada le pregunté al chofer cuánto le debía y en una de esas se me cayeron los reales y cuando me agaché a recogerlos….

III
Un chofer.

―¿Cómo se siente?―un médico pregunta al chofer en la misma sala de emergencia.
―El Muerto del Milagro. Virgencita mía, fue el muerto. Lo monté en el Cerro Mara y cuando llegaba al malecón me preguntó cuánto me debía. volteé para cobrarle y ya no estaba.
El chofer lloró y se persignó